Izquierda Cristiana de Magallanes
  VIGENCIA Y NOVEDAD DEL SOCIALISMO EN AMÉRICA LATINA - Nuevo
 

Por Carlos Donoso Pacheco

El Presidente de Ecuador, Rafael 
Correa, habló sobre socialismo en una entrevista trasmitida a fines de 2007 por el canal de TV Telecentro. El planteamiento que allí hizo nos parece, además de acertado en lo esencial, del mayor interés. Dijo Correa entre otras cosas: “Una de las características del socialismo del siglo XXI se basa en principios y no en modelos, y debe adaptarse a cada realidad”. (1)

 
Lo primero que quisiéramos destacar de estas afirmaciones de Correa es el hecho de que se refiera al socialismo como algo de nuestra época, y que puede ser realizado en distintas formas. En seguida, cabe hacer notar que no es ésta una opinión cualquiera. Además de ser la opinión de un político y economista que apela a principios para sostener su posición, expresa la visión y la voluntad de un hombre de estado que cuenta con amplio apoyo popular y que encabeza un proceso de cambios en su país. El propio Correa, en la misma ocasión, alude al socialismo que “queremos construir en Ecuador”…
 
Es importante tener presente, además, que el Presidente ecuatoriano no es, entre los políticos latinoamericanos, el único que piensa que el socialismo está vigente y que los procesos que dirigen deben orientarse hacia una sociedad de ese tipo, bajo nuevas formas. Aparte del obvio ejemplo de Cuba en tal sentido, tenemos en estos días los casos de Venezuela y Bolivia, igualmente respaldados por vigorosos movimientos populares.
 
A este respecto, el presidente venezolano Hugo Chávez llegó igualmente, hace ya algunos años, a esa conclusión: “Me convencí de que el socialismo es el camino y así lo dije en Porto Alegre y después (…) ante la Asamblea Nacional”. Y aclara a continuación: “Creo que debe ser un socialismo nuevo, con planteamientos frescos, acoplado con una nueva era que recién está comenzando. Por eso me atrevía a llamarlo ‘socialismo del siglo XXI’, como proyecto”. (2)
 
En Chile, en cambio, la idea de avanzar hacia una sociedad socialista no está presente entre quienes detentan hoy el poder político. Es más, diversos sectores que integran la coalición gubernamental y que antes declaraban su propósito de cambiar esta sociedad y postulaban incluso el socialismo como objetivo de sus luchas, lo consideran más bien como algo del pasado y aspiran meramente a una suerte de capitalismo más humano y equitativo. Resulta sintomático, a este respecto, que la propia mandataria chilena, Michele Bachelet, pese a militar en un partido que se denomina Socialista, dijera en una entrevista reciente que la Concertación logró construir una mayoría entre socialcristianismo, socialdemocracia (sic) y progresismo liberal… (3)
 
Quienes han dejado de pensar en toda forma de socialismo como sistema social alternativo al capitalismo aducen al menos dos tipos de razones para justificar esta deserción. Por una parte, suelen atribuir al capitalismo no solamente un poder incontrarrestable, sino también un éxito en lo económico que abre, según ellos, posibilidades de bienestar para todos. Por otra, manifiestan una fuerte decepción frente a las experiencias de socialismo que hasta ahora hemos conocido, que los lleva a considerarlo como un sistema definitivamente fracasado.
 
¿Qué se puede decir frente a estas razones? 
 
En cuanto a lo primero, sólo diremos ahora que no podemos considerar exitoso un sistema que no tiene como resultado efectivo la satisfacción de las necesidades de todos los seres humanos. El capitalismo, entonces, se nos presenta en tal sentido como un fracaso apenas examinamos las condiciones inhumanas en que vive la mayor parte de la población mundial –incluida la chilena ciertamente-; las enormes desigualdades sociales; los violentos conflictos que se desarrollan en el mundo; los daños crecientes que se producen en nuestro ambiente natural a raíz de la explotación irracional de los recursos; los potentes estímulos al individualismo y al egoísmo fraticida; etc., etc.
 
Respecto a lo segundo, conviene recordar que las ideas socialistas son anteriores a Marx. El llamado socialismo real o socialismo marxista-leninista, que es la forma de socialismo más conocida, no es algo idéntico a socialismo. El fracaso y la derrota de aquél no representan, por lo tanto, el fracaso y la derrota de éste.
 
Por el contrario, como dice el teólogo de la liberación Leonardo Boff, el socialismo “puede, superando sus errores históricos, presentar de nuevo su gran utopía como la forma posible de futuro para toda la humanidad en la medida en que decidamos desarrollar otro tipo de sociedad (…)”. (4)
 
Esta opinión de Boff es coincidente, por lo demás, con otra de las afirmaciones del presidente ecuatoriano, quien señaló, según la versión del diario citado, que “se han aplicado diferentes tipos de socialismos en el mundo, y que en muchos de esos lugares se han cometido errores que pueden ser corregidos”.
       
Pero no sólo se trata de corregir errores. El carácter mismo del socialismo también debe cambiar de acuerdo a las condiciones históricas que se den para su existencia y desarrollo. Esto ha sido planteado concretamente por Bosco Parra en el sentido de que no se ha producido “la crisis generalizada e irreversible anunciada por cierto marxismo científico y que operó como supuesto básico y la justificación teórica de diversos proyectos socialistas”.
 
 Entonces Bosco se plantea el siguiente problema: ¿cómo llevar a cabo una lucha anticapitalista en condiciones de expansión capitalista? Este es el asunto –dice Bosco- que preocupó a los primeros socialistas, pre-marxistas o utópicos. La similitud entre su situación y la nuestra induce a pensar que buena parte de sus actitudes puede resultar apropiada a la situación actual. Hay una –agrega- que parece primordial: en presencia de un avance del capitalismo y de un Estado indiferente o represivo, aquellos socialistas optaron por la experimentación autónoma e inmediata de formas económicas y sociales de solidaridad y mutualidad”. (5)
 
Dicha experimentación, sumada ahora a la “protesta ecologista”, constituirían nuevas formas de “radicalidad anticapitalista”, que se expresarían también en nuevas formas de militancia, orientadas al “apoyo a iniciativas comunitarias” (6). Se trata de proposiciones concretas para caminar hacia el socialismo en este tiempo. Lo que no excluye, a nuestro juicio, la lucha por conquistar posiciones de poder dentro del aparato estatal.
 
Lo nuevo del socialismo de ahora -del “nuevo socialismo” o “socialismo del siglo XXI”- sería, según esta visión, su marcado carácter comunitario.
 
Ahora bien, esta concepción comunitaria de socialismo está también presente en los planteamientos que sobre el mismo han hecho los actuales mandatarios de Bolivia y Venezuela. En relación con esto, resulta interesante aludir a una conversación que sobre socialismo tuvo lugar en el año 2003 entre Evo Morales y Heinz Dieterich. Cuenta este último que le preguntó a Evo Morales qué entendían él y el MAS por socialismo, y que el actual Presidente de Bolivia le respondió: “Vivir en comunidad e igualdad”. Y agregó entre otras cosas: “Dentro de (la) democracia oficial en Bolivia no se respeta el pensamiento, los sentimientos y los sufrimientos de las mayorías nacionales. Y dentro de ese marco buscamos un socialismo comunitario basado en la comunidad. Un socialismo, diremos, basado en la reciprocidad y la solidaridad”. (7)
 
Esas palabras de Evo Morales sintetizan y apuntan a lo esencial de una manera muy interesante de concebir el socialismo.
 
Por lo demás, formas concretas de realizar esta concepción se desarrollan actualmente en Venezuela. En palabras de Hugo Chávez: “Aquí hemos iniciado experimentos como el impulso al cooperativismo y el asociativismo, a la propiedad colectiva, a la banca popular y núcleos de desarrollo endógeno, etc. Se trata de dejar atrás la lógica de funcionamiento perverso del capitalismo. Son válidas muchas experiencias como la autogestión y cogestión, la propiedad cooperativa, colectiva, etc. Estamos poniendo en marcha un ensayo de empresas de producción social y unidades de producción comunitaria. Eso está recién naciendo pero ayudará a definir un modelo teórico”. (8)
 
Lo anterior se refleja asimismo en las propuestas de reforma constitucional que está sometiendo el gobierno a un referéndum aprobatorio: “Las comunas serán las células geohumanas del territorio y estarán conformadas por las comunidades (ésas son las escalas: Comunidades, comunas, ciudades), cada una de las cuales constituirá el núcleo espacial básico e indivisible del Estado socialista venezolano”. (9)
 
Digamos, por otra parte, que la idea de un socialismo comunitario tiene antecedentes históricos que conviene conocer y considerar a la hora de definir los rasgos esenciales de la nueva sociedad que se quiera construir. Ella se ha desarrollado al interior de corrientes comunitarias de pensamiento político surgidas en dos momentos distintos.
 
Importantes antecedentes históricos del comunitarismo actual es posible encontrarlos, como hemos dicho, en ciertas concepciones filosófico-políticas de mediados del siglo XX. Estas representaron una posición crítica y una propuesta alternativa tanto respecto a las estructuras propias de las sociedades capitalistas modernas construidas bajo inspiración liberal (individualistas), como a las sociedades socialistas construidas bajo inspiración marxista (colectivistas). Concretamente, se trata de las ideas de filósofos cristianos como los pensadores Jacques Maritain y Emmanuel Mounier. Igualmente, podría mencionarse, dentro de esta misma orientación, a pensadores como Martín Buber (judío).
 
En Chile, a partir de los años cincuenta, comenzó a surgir, bajo la evidente influencia de pensadores como Maritain y Mounier, una corriente política de carácter comunitarista. En 1951, Julio Silva Solar y Jacques Chonchol publicaron un pequeño libro intitulado Hacia un mundo comunitario. Diez años después, estos mismos autores publicaron otro –El desarrollo de la nueva sociedad en América Latina- que retomó en parte la antigua propuesta comunitaria, pero conectándola con los problemas del desarrollo económico. Planteaban estos autores el problema de la propiedad como muy central a la hora de averiguar tanto las causas de los males de la sociedad capitalista como de proponer las bases para su transformación. “Hemos prestado -dicen entre otras cosas- una atención detenida a la cuestión de la propiedad, que ineludiblemente está en el fondo de toda verdadera revolución. La conclusión a que arribamos es que el sistema de propiedad común o social tiene antecedentes muy sólidos en el pensamiento cristiano. En tal sentido éste confluye con la sociedad que se gesta en el mundo del trabajo”. (10)
 
     Otro destacado exponente del comunitarismo en Chile fue el filósofo y político Jaime Castillo Velasco, quien en numerosos escritos expuso igualmente, durante varias décadas, una propuesta comunitaria básicamente coincidente con la ya señalada, y que comprendía tanto una crítica radical a la sociedad capitalista como la aspiración a una fraterna y libre “sociedad comunitaria”, basada fundamentalmente en comunidades propietarias de medios de producción y autogestionarias.
 
Una segunda manifestación –distinta en muchos aspectos a aquélla, pero también coincidente en otros aspectos esenciales- se da hasta hoy, a partir de la década de los ochenta, especialmente en el mundo anglosajón, con Charles Taylor, Michael Sandel, Alasdair MacIntyre, y también muchos otros.
 
Si bien esta tendencia ha surgido y se ha desarrollado más bien en la filosofía política europea, ha tenido igualmente proyecciones en ambientes académicos y políticos latinoamericanos, y ha estado vinculada, en todo caso, a la crítica al liberalismo y a la búsqueda de una superación efectiva de los males de la sociedad moderna. Como su propio nombre lo sugiere, para ella la idea y el hecho de la comunidad es algo muy central.
 
En lo teórico, el concepto de comunidad puede, pues, enriquecer mucho la noción de socialismo, en tanto que, en el terreno de la praxis, las comunidades constituyen una forma de existencia y relación humanas imprescindibles para la construcción socialista.
 
Quizás tenga mucho que ver con todo esto algo que a comienzos de la década de los noventa nos hacía ver Norbert Lechner en relación con “los retos de la democracia en América Latina”. Nos proponía interpretar la democracia emergente en esta región “como una reivindicación de la integración social o, simplemente, de ‘comunidad’ que compensa la desintegración producida por los procesos económicos”. Explicaba Lechner: “El deseo de comunidad, por balbuceante y confuso que sea, no puede ser descartado como mero residuo tradicional. Por supuesto que se nutre de la tradición holística del pensamiento latinoamericano; sin embargo, ante todo expresa una experiencia actual: la de identidades colectivas amenazadas por la acelerada fragmentación social”.
 
Por su parte, otro autor chileno, el sociólogo Tomás Moulián, si bien sólo hace referencia al comunitarismo de la década de los sesenta y no al surgido en la filosofía política anglosajona de nuestros días, llama a resignificar la idea de comunidad y reflexiona acerca de cómo los valores culturales del comunitarismo -en particular los de fraternidad y amistad- constituyen “orientaciones de valor a vivir en medio de la lucha cultural, política y material contra el capitalismo”. A su juicio, no se trata “de organizar una ‘sociedad comunitaria’, como un todo ordenado en torno a principios exclusivos y absolutos, pero sí (de) ayudar a producir una cultura donde los valores de la fraternidad y la solidaridad entren en competencia contra los valores de la utilidad y el instrumentalismo”.
 
Consignemos aquí, para finalizar, que resulta cada vez más evidente el hecho de que la fundamentación del socialismo como posibilidad y mejor forma de convivencia humana proviene ahora de diversas prácticas sociales y concepciones ideológicas. Entre éstas, ha sido muy relevante –en particular respecto al socialismo comunitario- la visión cristiana acerca de la persona y la sociedad, así como la presencia de cristianos en las luchas de emancipación.
 
En ese sentido, tanto Rafael Correa como Hugo Chávez son ejemplos significativos de lo que acabamos de decir. Ambos han declarado su inspiración cristiana. El primero se ha definido como cristiano y de izquierda: “Cristiano porque me nutro de la doctrina social de la Iglesia, y de izquierda porque creo en la equidad, la Justicia y supremacía del trabajo sobre el capital”. Por su parte, Chávez ha dicho: “Soy cristiano y pienso que el socialismo debe nutrirse de las corrientes más auténticas del cristianismo”.
 
Por todo lo que hemos señalado, puede decirse que el socialismo no sólo está mostrando su vigencia; también se ha estado enriqueciendo con los contenidos comunitarios que acompañan de manera creciente su definición actual.
 
 
Notas
(1) Diario El Mercurio, 07/09/07, A5.
(2) Entrevista de Manuel Cabieses al Presidente Hugo Chávez. Publicada en revista Punto Final, N° 598, 2005.
(3) Diario El Mercurio, 19/08/07, D5.
(4) Leonardo Boff, “El valor de un gran sueño”. En: Reflexión y Liberación, Nº 8, diciembre-enero-febrero, 1991, Santiago, Chile, pág. 10.
 (5) Bosco Parra, “La política de la discrepancia radical”. En: revista Polis, N° 1, Universidad Bolivariana, 2001)
(6) Ibid.
(7) Heinz Dieterich, “Evo Morales, el socialismo comunitario y el Bloque Regional de Poder”, en www.revelion.org/noticia.php?id=24744
(8) Entrevista a Hugo Chávez, en revista Punto Final N° 598.
(9) Ahora es la Batalla por el Sí. Biblioteca Construcción del Socialismo, Col. Discursos Presidenciales, Caracas, Venezuela, 2007, p. 53.
(10) J. Silva y J. Chonchol, El desarrollo de la nueva sociedad en América Latina, p. 16.
(11) Norbert Lechner, “La búsqueda de la comunidad perdida. Los retos de la democracia en América Latina”. En Sociológica, año 7, Nº 19.
(12) Tomás Moulián, Socialismo del siglo XXI. La quinta vía, Lom ediciones, Santiago de Chile, 2000, p. 167.
 
 
 
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